Todo se volvió tan gris y frío
como las fotos a contra luz,
no volvió a sonar “insurrección”
y quedaron dentro las cicatrices abiertas…
qué dónde estabas entonces,
cuándo realmente ya no estás nunca
ni hay nadie ahora,
en el frío alicatado por las piedras,
ni estuviste allí cuando tanto te necesité,
ni había nada, salvo retales de mi vida…
pero tú sí estarás ahora, silbando
aquel tema que odié tanto,
casi tanto como a mí mismo.
Difícil es soltar versos a las claras,
a la cara, decir verdades,
pero yo nunca me atreví a actuar sin guión
mientras te creías mejor que nadie
porque venciste sin discusión,
como triunfó Pirro.
Seguro que sabrás, desde ese mismo día,
que nadie es mejor que nadie…
salvo tú
que venciste,
y no convenciste,
aunque lo creíste.
Pero, tristemente, ya no suena nunca
ese tema que se hizo himno
y espero tras cada fin de los principios
en las tardes que viene abrazando el frío
que disimula el whisky y la ginebra
que nubla la luz que huye
por las hiedras verdes
que se esconden del otoño y los días,
porque desde ya entonces
siempre es el mismo final
y la vida ya no es una noche
y la noche no es ya nunca lo que fuimos
y las risas no son las de entonces
y ya no somos insurrectos
y ni siquiera somos lo que somos
porque casi nunca estamos…
los halcones que éramos nadie
y que nunca fuimos llamados
a las filas de nuestra “insurrección”.
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