Ayer, cuando te cruzaste en la acera
justo antes del semáforo verde
como un rey elevado
delante de todos y de mi,
sin corona pero sin tocar las baldosas…
acompañado de ella,
hiciste un ejercicio de desdén sobresaliente
aristocrático gesto,
un desprecio perfecto el tuyo,
mientras ella, terrenal y normal
me decía,
nos decíamos… hola y adiós,
con gesto de elemental educación
y cortés urbanidad.
Pero tú, con la egolatría de la vanidad
de sentirse por encima
de todos y de mí,
un simple nadie,
como un señorito de pueblo
de altos aires y baja cuna
como un hijodalgo de los de toda la vida
como una reencarnación de Don Guido…
venido a más por bragetazo
sobrevenido,
comedor de fiambre
eruptador de jamón…
ni
me
miraste
como si un ajuste de cuentas
tan perfecto como inútil
como estuvieras ejecutando un plan
o quizás yo fuera invisible
como siempre creí.
No le debo nada a su excelencia
y no, no me debe nada el señorito
que sepa yo
y que sepa usted…
así que, ni mano a mano quedamos
ni un definitivo hasta nunca de la vida,
ni siquiera un triste au revoire cocodrilo!
Nada, nada de nada
ni adiós ni suerte
ni buen viaje ni hasta nunca!
No hay comentarios:
Publicar un comentario