Para Agustín, como si
hiciera falta un motivo.
Con completa certeza y absoluta incertidumbre,
decías siempre,
para comprobar si aún seguíamos vivos
o muertos por aquello del querer,
mientras soñábamos con huir
de aquellos lugares donde éramos,
tan extraños,
de nosotros mismos,
donde nos miraban
y no nos veían
cuando ejercíamos como nadie
el arte secreto de la invisibilidad,
cualidad que dominábamos con arte,
a veces, incluso tanto,
que se nos iba de las manos
y desaparecíamos sin querer,
mientras la vida se encargaba
de darnos las ostias que los sueños
no se atrevieron a dar.
Nunca fuimos eternos,
ni fuimos héroes, estaba claro,
como en la canción de Bruce,
tal vez ni siquiera estábamos vivos,
salvo cuando se apagaban las luces
en aquel cine Coliseum los miércoles,
tarde, día del espectador…
entonces éramos
si, éramos o creíamos ser,
dando tanta pena a los demás
cómo felices éramos nosotros
de estar en el el centro
del huracán de la puta vida,
cuando lo ignorábamos absolutamente todo
pero sabíamos que hacer
y teníamos un deseo… ser nadie,
como todos los demás,
tomar una última copa en cualquier madrugada
de aquellas de amaneceres azules
solitarios y tan fríos como la suerte,
de volver a casa solos
con los bolsillos vacíos
y el corazón lleno.
…Y entonces me quedé para dejar de volar
y tu te fuiste sin avisar
con mis alas
y todo acabó en una cuneta de tierra
en una noche americana cualquiera
de luces largas que alumbraban puentes caídos
que nunca pudimos cruzar,
tampoco nos atrevimos,
aquellas tarde cuando moríamos
por ver una estrella fugaz
prendida en mi chupa vaquera de Top Gun,
dentro de un Ford dorado
camino de un tiempo olvidado
repleto de poemas plagiados
de discos inolvidables y rayados
y de libros de Bret Easton Ellis
que nunca quisimos leer,
cuando nos dimos cuenta de todo…
yo no era más que un farsante
con pretensiones de poeta maldito
y rock star de mercadillo
y tú tuviste la suerte de irte
de volar y no volver
para convertirte en otro
para hacer el camino sin regreso
y ser eterno en mi vida
y en la suerte de encontrarnos aquel día
cuando me robaste el libro de francés
y me enseñaste el mundo.
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