El frío intermitente de una tarde cualquiera
la inminencia de una oscuridad previsible
lo indecente de la falsedad de las puertas verdes
todo es cada vez único
como el fuego inolvidable cotidiano
que va arrasando por dentro
sin dejar de arder
como si de un alien de ansiedad se tratara.
Ridley Scott lo supo ver antes con claridad
y Tom cuando ya era demasiado tarde…
la normalidad de asumir el caos
con la naturalidad de los suicidas
o de los conformistas vendidos,
la anormalidad de la vanidad de postal
desde un sillón recién tapizado
mientras cada vez y cada uno más
se aferran al éxito efímero de su poder temporal,
esa droga que primero mata a todos
hasta que finalmente llega a ellos.
Nadie surge del frío
nada florece en el asfalto
no se escucha una palabra
ni un ruido ni sonido
todo es quietud como en un cementerio,
solo a veces se ven las sombras
que nos señalan el relato en qué creer.
Y mientras nos lanzan sus verdades
como granadas de mano vaciadas,
reconvertidas en miserias distraídas,
él, que sabe ser nadie,
se sienta en su escalón helado
hablando solo con la oscuridad y los coches
sobre verdades y mentiras solo suyas…
la gente cree que al otro lado hay alguien
pero él y yo, sabemos que no hay ninguna línea,
que todo está abierto en su cabeza
donde estamos todos los vivos
los que morimos en la calle
solos y abandonados de la gloria
de una cabeza de playa no alcanzada
y de las ratas que pasan y nos huyen
como si fuéramos invisibles
como si fuera todo una mala pesadilla.
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